La reapertura del Parque Nacional Quebrada del Condorito invita a celebrar la recuperación de un espacio emblemático de Córdoba. Pero también obliga a reflexionar sobre las heridas que dejan los incendios y sobre la responsabilidad colectiva de proteger un patrimonio natural que tarda décadas en reconstruirse.
Hay paisajes que parecen eternos. Las Altas Cumbres, el vuelo pausado de los cóndores, el rumor del viento entre los pastizales serranos transmiten una sensación de permanencia que lleva a creer que siempre estuvieron allí y que siempre estarán. Sin embargo, basta un descuido, un acto irresponsable o una decisión deliberada para demostrar cuán frágil puede ser aquello que creemos inalterable.
En octubre del año pasado, el Parque Nacional Quebrada del Condorito atravesó uno de los capítulos más dolorosos de su historia reciente. Un incendio originado por un vehículo en el acceso al predio se extendió durante catorce días y consumió cerca de seis mil hectáreas. El fuego avanzó sobre pastizales, arbustos y bosques nativos; alteró refugios naturales y destruyó infraestructura construida para que miles de personas pudieran disfrutar de ese escenario privilegiado.
Siete meses después, el parque volvió a abrir sus puertas sin restricciones. Los senderos volvieron a recibir visitantes, los balcones recuperaron su función y el Centro de Interpretación retomó la dinámica habitual. A primera vista, podría interpretarse como un regreso a la normalidad. Pero basta caminar algunos kilómetros para comprender que la naturaleza tiene otros tiempos.
El suelo ennegrecido continúa visible. Los restos de vegetación quemada emergen entre los nuevos brotes. En el bosque de tabaquillos permanecen las cicatrices de un incendio que alcanzó ejemplares centenarios, árboles que requieren décadas para desarrollarse y que forman parte de un ecosistema único. Lo perdido no se recompone con la misma velocidad con la que fue destruido.
Y, aun así, los cóndores siguen allí.
Tal vez esa sea la imagen más conmovedora. Mientras los seres humanos discutimos responsabilidades cuando el daño ya está hecho, la naturaleza insiste en ofrecer señales de resiliencia. Los cóndores sobrevuelan la quebrada con la misma majestuosidad de siempre, ajenos a nuestros discursos y recordándonos que todavía existe algo por preservar.
Pero sería un error convertir esa capacidad de recuperación en una excusa para minimizar la gravedad de los incendios. Las sierras cordobesas conocen demasiado bien las consecuencias del fuego. Cada temporada deja miles de hectáreas arrasadas, animales muertos o desplazados, pérdida de biodiversidad y alteraciones profundas en los ciclos naturales. También impacta sobre las fuentes de agua, favorece la erosión del suelo y compromete servicios ambientales esenciales para comunidades enteras.
La reapertura del Parque Nacional Quebrada del Condorito debe ser celebrada. Es el resultado del trabajo de guardaparques, brigadistas y trabajadores que hicieron posible que este patrimonio vuelva a recibir visitantes. Pero también debe asumirse como una advertencia.
Visitar estos lugares implica admirarlos y disfrutarlos, aunque también comprender que no son escenarios inagotables. El fuego no distingue entre una imprudencia y una acción intencional: sus consecuencias terminan siendo las mismas.
Las sierras son mucho más que una postal turística. Son memoria, identidad y fuente de vida. Cada tabaquillo que tarda años en crecer, cada cóndor que encuentra allí su refugio y cada arroyo que nace entre esas montañas forman parte de un legado compartido.
Después del fuego, la quebrada sigue siendo hermosa. Quizá porque la belleza también resida en esa capacidad de resistir. Pero no deberíamos acostumbrarnos a contar historias de recuperación. El verdadero desafío consiste en evitar que vuelvan a repetirse historias de devastación.
Porque la naturaleza puede sanar. Lo que no siempre se recupera es el tiempo que le arrebatamos.
• El Ciudadano

