La costumbre de atribuir todos los problemas al Estado suele dejar fuera una realidad incómoda: muchas situaciones que deterioran la convivencia urbana nacen de conductas individuales. Los terrenos abandonados y el vertido de aguas servidas en la vía pública reflejan una problemática que afecta la salud y expone la falta de compromiso ciudadano.
Existe una tendencia cada vez más frecuente en la sociedad: responsabilizar exclusivamente a los gobiernos y a las instituciones por cada problema cotidiano. Sin embargo, hay situaciones donde el deterioro urbano no nace de la ausencia estatal, sino de conductas individuales marcadas por la negligencia, el desinterés y la falta de respeto hacia los demás.
Los terrenos baldíos abandonados representan uno de los ejemplos más visibles. En numerosos sectores urbanos pueden observarse lotes cubiertos de maleza, basura y residuos acumulados durante meses. Esa combinación no constituye únicamente un problema estético. Se transforma en un foco de contaminación y riesgo sanitario para las familias que viven alrededor.
Ratas, insectos, arañas, garrapatas y mosquitos proliferan en esos espacios descuidados, especialmente durante períodos de altas temperaturas y humedad. Los vecinos lindantes conviven con olores desagradables, suciedad y peligros permanentes mientras los propietarios incumplen una obligación básica: mantener sus terrenos en condiciones adecuadas.
La problemática no termina allí. Otra práctica tan habitual como repudiable continúa repitiéndose en distintos sectores: el vertido de aguas servidas en la vía pública. Líquidos contaminantes corriendo por calles y veredas, olores nauseabundos y desechos expuestos forman parte de una escena urbana que muchos naturalizaron con el paso del tiempo.
Más allá de las infracciones municipales que estas acciones puedan implicar, el problema central es cultural. Arrojar aguas servidas a la calle revela una conducta profundamente irresponsable, donde el bienestar propio parece colocarse por encima de la salud colectiva.
Resulta legítimo exigir obras, controles y respuestas del Estado. Pero también es indispensable reconocer que ninguna ciudad puede funcionar correctamente cuando parte de sus habitantes incumple normas elementales de convivencia.
La limpieza de un terreno o la correcta disposición de residuos líquidos no deberían depender exclusivamente de multas o inspecciones. Son obligaciones mínimas de cualquier ciudadano comprometido con la comunidad donde vive.
Cuando la responsabilidad privada desaparece, el deterioro urbano avanza rápidamente. Y allí aparece otra dificultad: la indiferencia social. Porque muchas veces estas situaciones persisten durante años sin denuncias, controles efectivos ni sanciones ejemplares.
La convivencia urbana exige derechos, pero también deberes. Y cuando esos deberes son ignorados, el costo termina afectando a toda la comunidad.
• El Ciudadano

