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Clemente Suau: la historia del hombre que dejó una huella imborrable en Villa Dolores

Panadero de madrugadas eternas, pescador apasionado, impulsor de la piscicultura en Traslasierra, dirigente social, cocinero, tirador deportivo y colaborador incansable de instituciones. La vida de Clemente Suau quedó grabada en la memoria de Villa Dolores como la de uno de esos hombres que no buscaron reconocimiento, pero terminaron convirtiéndose en parte de la identidad de un pueblo.

A las tres de la mañana, cuando Villa Dolores todavía dormía y el frío se colaba por las calles silenciosas, Clemente Suau ya estaba de pie.

Entraba a la cuadra de la panadería mientras la ciudad apenas insinuaba el amanecer. Allí empezaba una rutina que para cualquier otro hubiese sido agotadora: amasaba el pan, preparaba facturas y elaboraba las tradicionales rasquetas que durante años formaron parte de la mesa de cientos de familias dolorenses.

Pero la historia de Clemente nunca cabía solamente dentro de una panadería.

Cuando clareaba el día, antes de que sus hijos salieran rumbo a la escuela, llegaba uno de esos rituales familiares que todavía hoy despiertan sonrisas y nostalgia. “Nos despertaba con fritanga”, recuerda su hija Susana Suau. Huevo, panceta, chorizo y cebolla. Un desayuno abundante, inolvidable y tan lleno de energía como el hombre que lo preparaba.

“Nadie supo nunca cómo manejaba sus tiempos”, dicen quienes lo conocieron. Dormía poco. Hacía mucho. Siempre parecía estar yendo hacia algún lugar donde hiciera falta una mano, una idea o simplemente voluntad.

Porque Clemente Suau fue muchas cosas a la vez.

Fue ministro de la eucaristía. Fue criador de palomas mensajeras. Fue Campeón Nacional de Tiro al Blanco. Fue organizador nato y colaborador permanente de instituciones como APA La Viña, el Club Juvenil, el Tiro Federal, la Sociedad Española y la Iglesia.

Pero hubo una pasión que terminó marcando gran parte de su vida: las truchas.

En la década de 1960 se convirtió en el gran impulsor de la Estación de Piscicultura de APA La Viña, ubicada en Boca del Río y que hoy lleva su nombre. El objetivo era tan ambicioso como necesario: repoblar con peces los ríos de Traslasierra y fortalecer la riqueza natural de la región.

La idea nació en el club, pero Clemente la empujó hasta convertirla en realidad. Viajó a Bariloche y a Río Tercero para capacitarse en cría de truchas, desove y reproducción de salmónidos. Aprendió, gestionó permisos y convenció a otros de que aquello podía funcionar.

Y funcionó.

La estación llegó a producir peces para toda la región y también para otras provincias. Durante 19 años trabajó allí ad honorem, incluso después de un accidente doméstico que afectó su movilidad y le impidió recorrer las sierras como antes.

Lejos de detenerlo, aquello pareció darle todavía más determinación.

Cuando la provincia no enviaba alimento para las truchas, él mismo conseguía hígado y vísceras vacunas para fabricar comida junto a sus hijos. No era raro ver a “los Suau” limpiando piletones o trabajando entre el agua fría y los peces.

Porque Clemente entendía el trabajo como una forma concreta de construir comunidad.

No buscaba homenajes. No necesitaba discursos. Su manera de dejar huella era hacer.

Y quizás por eso, décadas después, su nombre sigue apareciendo en conversaciones, recuerdos y relatos familiares de Villa Dolores y Traslasierra. Como ocurre con esas personas extraordinarias que nunca se sintieron importantes, pero terminaron siendo imprescindibles.

• Fuente de datos: Revista Club APA La Viña 80 años.