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Redes sociales, peleas y amenazas: preocupación por el aumento de la violencia juvenil

Las escenas de agresiones entre adolescentes ya no aparecen como hechos aislados. Peleas filmadas, amenazas con armas blancas y conflictos que escalan frente a la mirada pasiva —o incluso celebratoria— de otros jóvenes revelan una problemática profunda que interpela a las familias, a la escuela, al Estado y a toda la sociedad.

Una adolescente fue detenida (foto) luego de entrar a una vivienda con un cuchillo. Del otro lado había otra menor, una madre y una escena que podría haber terminado en tragedia. El episodio ocurrió hace pocos días en Villa Dolores y, como sucede cada vez con más frecuencia, generó conmoción momentánea, comentarios en redes y luego el inevitable avance de otra noticia que ocupa el lugar de la anterior.

Sin embargo, detrás del impacto inicial queda una pregunta incómoda: ¿en qué momento comenzamos a acostumbrarnos?

La violencia entre jóvenes dejó hace tiempo de ser un fenómeno excepcional. Está en las plazas, en las salidas escolares, en las calles y también en el mundo virtual, donde muchas veces encuentra amplificación y estímulo. Videos de peleas entre estudiantes circulan con una velocidad alarmante. Se comparten, se comentan, se musicalizan y hasta se celebran. El celular ya no sólo registra: muchas veces convierte el conflicto en espectáculo.

Y allí aparece uno de los aspectos más preocupantes. La pérdida progresiva de sensibilidad frente al dolor ajeno. Hay adolescentes golpeándose mientras alrededor otros filman, ríen o alientan. Pocos intervienen. Pocos separan. Pocos comprenden que detrás de cada agresión hay vidas marcadas por consecuencias que no desaparecen cuando termina el video.

Sería simplista atribuir todo a “la juventud de hoy”. Los jóvenes no crecen en el vacío. Son parte de una sociedad atravesada por discursos agresivos, intolerancia cotidiana y una creciente incapacidad para gestionar frustraciones. La violencia verbal domina muchas conversaciones públicas. La humillación se volvió entretenimiento. La exposición permanente en redes sociales alimenta la necesidad de mostrarse fuertes, temidos o dominantes frente a los demás.

Pero también sería un error mirar hacia otro lado. Porque cuando un adolescente siente que llevar un arma blanca puede resolver un conflicto, hay un entramado social que ya llegó demasiado tarde.

La escuela sola no puede. La Policía sola no puede. La Justicia sola no puede. El problema exige adultos presentes, límites claros y espacios reales de escucha. Exige recuperar el valor de la palabra antes que el golpe y del diálogo antes que la amenaza.

También exige responsabilidad colectiva frente al consumo de violencia como contenido viral. Compartir una pelea no es un acto inocente. Muchas veces profundiza la humillación, multiplica el daño y transforma situaciones graves en mercancía digital de unos pocos segundos.

Todavía estamos a tiempo de reaccionar. Pero para hacerlo primero hay que abandonar la comodidad de pensar que estos hechos son normales. Porque el día en que una sociedad deja de sorprenderse frente a la violencia de sus jóvenes, empieza a naturalizar una derrota mucho más profunda.

• El Ciudadano