Córdoba registró 355 muertes por siniestros viales en un año y quedó ubicada como la segunda provincia con mayor cantidad de víctimas fatales del país. Detrás de cada número hay una historia interrumpida y una realidad que obliga a repensar la manera en que la sociedad convive con el tránsito.
Hay cifras que, por repetirse año tras año, corren el riesgo de perder su capacidad de conmover. Sin embargo, basta detenerse unos segundos para comprender su verdadera dimensión. En un año, 355 personas murieron como consecuencia de siniestros viales en Córdoba. Son 355 historias que se detuvieron de manera abrupta, 355 familias que debieron enfrentar una pérdida irreparable y cientos de personas que continúan atravesando las consecuencias emocionales de un hecho que, en muchos casos, pudo haberse evitado.
Los datos difundidos por el Sistema Nacional de Información Criminal (SNIC) ubican a Córdoba como la segunda provincia con mayor cantidad de víctimas fatales del país. Por encima aparece Buenos Aires, con 988 fallecidos durante el mismo período. Además, la provincia presenta una tasa de 0,9 víctimas fatales, un indicador que vuelve a poner de manifiesto la magnitud de una problemática que se mantiene vigente y que continúa cobrando vidas.
Detrás de estas estadísticas existe una realidad que trasciende cualquier cuadro comparativo. Cada fallecimiento representa una ausencia que modifica para siempre la vida de un entorno familiar. Padres que pierden hijos, hijos que despiden a sus padres, hermanos, amigos, compañeros de trabajo. Ninguna estadística alcanza a reflejar el impacto humano que deja cada una de estas tragedias.
Uno de los aspectos que más preocupa a quienes trabajan en materia de seguridad vial es que la mayoría de estos siniestros no responde a circunstancias extraordinarias. Los especialistas coinciden en señalar que el principal factor continúa siendo el comportamiento humano.
Las distracciones al volante, el uso del teléfono celular mientras se conduce, el exceso de velocidad, las maniobras imprudentes y la falta de atención permanente aparecen de manera reiterada entre las conductas de mayor riesgo. Son acciones que muchas veces se naturalizan y que, en apenas unos segundos, pueden desencadenar consecuencias irreversibles.
Quizá uno de los mayores desafíos sea comprender que conducir un vehículo implica mucho más que trasladarse de un lugar a otro. Significa asumir una responsabilidad permanente hacia quienes viajan dentro del vehículo y también hacia todos los usuarios de la vía pública.
En este punto, resulta necesario revisar incluso el lenguaje que utilizamos. Durante décadas fue habitual hablar de «accidentes de tránsito», una expresión que transmite la idea de un hecho fortuito o inevitable. Sin embargo, numerosos especialistas prefieren utilizar el término «siniestro vial», porque refleja con mayor precisión que, en una enorme cantidad de casos, existe una cadena de decisiones humanas que antecede al desenlace.
Naturalizar las infracciones constituye otro problema. Circular algunos kilómetros por encima de la velocidad permitida, responder un mensaje mientras el vehículo está en movimiento o realizar un sobrepaso indebido suelen justificarse como conductas habituales. No obstante, cuando esas acciones terminan provocando una muerte, queda en evidencia que aquello que parecía insignificante podía transformarse en una tragedia.
La prevención continúa siendo la herramienta más efectiva para modificar este escenario. Los especialistas insisten en la importancia de fortalecer la educación vial desde edades tempranas, promoviendo una cultura del respeto por las normas y por la vida de los demás. Aprender a convivir en el tránsito no significa memorizar señales o reglamentos; implica desarrollar hábitos responsables que acompañen a las personas durante toda su vida.
Los controles estatales también cumplen un papel importante. La fiscalización del cumplimiento de las normas, las campañas de concientización y las políticas públicas orientadas a mejorar la seguridad vial forman parte de una estrategia necesaria para disminuir la siniestralidad. Sin embargo, ninguna medida será suficiente si no existe un compromiso cotidiano por parte de quienes utilizan las calles y las rutas.
Cada conductor, motociclista, ciclista y peatón toma decisiones que pueden influir en la seguridad propia y en la de los demás. La prudencia, el respeto por las velocidades máximas, la atención permanente y el cumplimiento de las normas representan mucho más que obligaciones legales: constituyen actos de responsabilidad social.
Las cifras del SNIC vuelven a colocar esta problemática en el centro del debate público. No se trata de determinar qué provincia presenta mejores o peores indicadores, sino de comprender que cada vida perdida representa un fracaso colectivo. Detrás de los números hay familias que jamás volverán a ser las mismas y comunidades que continúan acumulando historias marcadas por el dolor.
Reducir la cantidad de víctimas fatales requiere una mirada integral. Educación, infraestructura adecuada, controles eficientes, campañas permanentes y compromiso ciudadano forman parte de un mismo objetivo. La seguridad vial no depende de una única decisión, sino de miles de pequeñas decisiones que se toman cada día.
Porque cada vez que una persona sale de su casa espera regresar. Esa expectativa, tan simple como esencial, debería convertirse en el principio que oriente cada conducta al volante. Si las 355 muertes registradas durante un año sirven para impulsar una reflexión profunda sobre la manera en que circulamos y convivimos en el espacio público, esas cifras dejarán de ser un dato estadístico para transformarse en un llamado urgente a proteger el valor más importante de todos: la vida.
• El Ciudadano

