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Emmi Teva, la finlandesa que encontró su pasión en las sierras de Traslasierra

Llegó a San Javier como parte de un viaje y terminó echando raíces. Hoy es madre de dos hijos cordobeses, traductora y una corredora de montaña que se anima a distancias de 42 kilómetros y desniveles extremos. Lo curioso es que nunca le gustaron ni la montaña ni correr. “No sé si me adapté al lugar o si esto siempre estuvo dentro mío”, dice.

Hay historias que parecen escritas por el paisaje. La de Emmi Teva podría ser una de ellas.

Nació en Finlandia, un país de bosques, lagos y temperaturas muy distintas a las de Traslasierra. Llegó a San Javier originalmente como viajera. La idea era conocer, recorrer, seguir camino. Pero algo sucedió en el trayecto. Se quedó.

Hoy tiene dos hijos cordobeses, Antonio, que está por cumplir diez años, y Gaspar, de siete. Trabaja como traductora freelance y, cuando puede, se calza las zapatillas para internarse en las sierras.

Lo paradójico es que la montaña nunca había sido su lugar.

“Toda la vida me imaginé viviendo en una ciudad gigante o al mar. Me gustó siempre mucho el mar y las costas tropicales”, cuenta. La montaña, en cambio, no estaba en sus planes. Hasta que apareció San Javier.

“De repente estoy en medio del continente, lejos de todo eso que había imaginado. Y me sorprende encontrarme tan bien acá”, explica.

Hay algo en ese pueblo que terminó resultándole familiar. No necesariamente porque se parezca a Finlandia, sino porque le permitió descubrir una forma distinta de sentirse en casa.

“Cuando voy en bicicleta dando vuelta por el pueblo siento como si siempre hubiese estado ahí”, dice.

Y después llegaron los arroyos, las sierras y, finalmente, correr.

Emmi nunca había sido corredora. Ni siquiera le gustaba. Hace casi cinco años probó y algo cambió.

“Me empezó a encantar de una”, recuerda.

La transformación fue progresiva. Primero los 10 kilómetros. Después los 21. Más tarde los 42. Y finalmente apareció ese territorio que para muchos parece casi inalcanzable: las ultradistancias.

En marzo participó de una carrera de 40 kilómetros con más de 4.000 metros de desnivel positivo. La prueba implicaba subir hasta unos 3.300 metros de altura y atravesar diez cumbres. Una sucesión de ascensos y descensos que puede demandar horas.

Pero Emmi encuentra una explicación particular para su relación con la montaña.

“Creo que para mí sería mucho más duro correr la maratón en Buenos Aires”, sostiene. El asfalto y la obligación de sostener un ritmo constante representan para ella otro tipo de exigencia.

En la montaña, en cambio, el esfuerzo tiene otra dinámica. Se sube, se baja, se camina en determinados sectores y el cuerpo aprende a administrar la energía.

En ese aprendizaje tuvo un protagonista fundamental: Mauro Dámico, su entrenador en el equipo Tragametierra, de San Javier.

Emmi reconoce que su entusiasmo muchas veces la llevó a querer más de lo que su cuerpo estaba preparado para soportar.

“Siempre cuando no le hice caso me terminé lesionando”, admite.

Su entrenador le enseñó entonces una palabra que quizás sea una de las más difíciles para cualquier deportista apasionado: freno.

Aprender a progresar. A escuchar el cuerpo. A no transformar el entusiasmo en exceso. A entender que llegar más lejos no significa necesariamente hacerlo más rápido.

Ahora mira hacia distancias todavía mayores. Su sueño está puesto en las 100 millas: 161 kilómetros. Sabe que existen pruebas todavía más largas, de 200 millas, pero para ella las 100 millas representan una frontera especial.

Antes deberá atravesar otras metas. Entre ellas aparece Los Cuatro Refugios, en Bariloche, una competencia internacional de skyrunning de aproximadamente 41 kilómetros y 3.800 metros de desnivel, en un terreno técnico que obliga a llevar casco, bastones, mochila y elementos de seguridad.

“Desde que corro escucho hablar de esa carrera y me pareció como la locura máxima que podés hacer de trail en Argentina”, cuenta.

Pero hoy hay una pausa obligada. Una lesión la mantiene con menor actividad y también atraviesa un tratamiento vascular en una de sus piernas. Por eso sus próximos desafíos todavía están sujetos a cómo responda su cuerpo.

En paralelo, está otra de las grandes carreras de su vida cotidiana: ser mamá.

Conciliar los entrenamientos con Antonio y Gaspar no siempre fue sencillo. Al principio incluso apareció la culpa.

“Muchas veces sentimos culpa al salir a entrenar por los niños”, reconoce.

Sus hijos alguna vez le pidieron que se quedara a jugar a la pelota. Y ella misma pensó que quizás tenían razón. Sin embargo, decidió continuar.

Porque también encontró en el deporte una manera de enseñarles algo.

“Quiero darles el ejemplo de ser constante con un deporte y hacer algo que te hace bien y es saludable”, sostiene.

Con el tiempo, ellos también se incorporaron a ese mundo. Les gustan las carreras y disfrutan de la comunidad del trail, un ambiente que Emmi define como particularmente familiar.

Su trabajo desde casa le permite además asistir a los entrenamientos grupales. Es traductora independiente de inglés e italiano al finlandés y también utiliza el sueco y alemán. Habla castellano perfecto; estudió portugués y llegó a utilizarlo trabajando en un hostel de Río de Janeiro.

Su vida parece construida sobre una combinación poco habitual: idiomas, maternidad, trabajo y montaña.

Y, por supuesto, la posibilidad de viajar.

Después de años moviéndose de un lugar a otro, llegó un momento en que sintió que ya no quería viajar más. Ahora esa inquietud parece regresar.

Si pudiera elegir el próximo destino, no duda: Hawái.

“Tres meses en Hawái, mar, fruta tropical y después siempre volvería, creo”, imagina.

Porque quizá ahí esté la clave de su historia. Emmi no dejó de amar el mar. Tampoco olvidó aquella vida viajera con la que llegó a estas tierras. Simplemente descubrió que podía tener otra pasión esperándola en un lugar que jamás había imaginado.

La montaña no estaba en sus planes. Correr, tampoco.

Pero San Javier hizo algo más que ofrecerle un paisaje: le permitió descubrir una parte de sí misma.

“No sé si me adapté al lugar donde me había quedado o si era algo que siempre estuvo dentro mío sin saber por qué. Siento que es mi ámbito”.

Y quizás eso sea lo más interesante de cualquier viaje: que algunas veces uno parte buscando un destino y termina encontrando, sin haberlo previsto, quién es.

El Champaquí, correr en casa

Entre todas las carreras que ha vivido desde que descubrió el trail, hay una que Emmi guarda de una manera especial: la que se corre en San Javier y atraviesa el Champaquí. No necesariamente por el resultado deportivo, sino por todo lo que sucede alrededor. Correr allí significa hacerlo en un territorio que conoce, sentirse local y encontrarse durante el recorrido con personas conocidas.

“Es increíble tener gente que conocés arriba en el Champa y por todo el circuito. Eso genera un gran bienestar”, cuenta.

La experiencia tiene además un componente familiar. Sus hijos estuvieron presentes y acompañaron aquel momento desde distintos puntos del recorrido. Para Emmi, esa presencia transforma una competencia exigente en algo mucho más cercano y humano. En una de esas ediciones terminó tercera y, en otra oportunidad, primera en la categoría Open, siempre sobre los 42 kilómetros.

El Champaquí, entonces, representa algo más que una cumbre para esta finlandesa que llegó a Traslasierra casi por casualidad. Es uno de los lugares donde terminó de comprobar que aquello que alguna vez le resultó ajeno —la montaña, las alturas, correr durante horas— podía convertirse en parte de su propia identidad.

Quizás por eso, cuando habla de Traslasierra, no habla solamente del lugar donde decidió quedarse. Habla de un sitio que le permitió descubrir una versión de sí misma que hasta entonces desconocía.

• Por Mauro Tello