El tercer cóndor nacido de una pareja que vive en el Centro Tatú Carreta, en Casa Grande, avanza en su preparación para regresar a la naturaleza. Su padre fue rescatado cerca de Ámbul con heridas de bala y perdió un ala. Sus progenitores, imposibilitados de volver a volar, criaron de manera natural a tres hijos que ahora tienen como destino los cielos de la Patagonia.
La historia de Yuspe comenzó mucho antes de que este joven cóndor iniciara el recorrido que lo llevará, si completa todas las etapas previstas, nuevamente a la vida silvestre. Su origen está en el Centro de Rescate y Rehabilitación Tatú Carreta, en Casa Grande, pero también tiene un vínculo especial con Traslasierra: su padre fue rescatado cerca de Ambul, gravemente herido por disparos.
Aquella historia de violencia contra la fauna terminó dejando a una pareja de cóndores sin posibilidad de regresar a las montañas. El macho sufrió heridas de tal gravedad que debió ser amputado de un ala. La hembra también recibió impactos que afectaron de manera irreversible su capacidad para volar. Ambos quedaron bajo cuidado humano, lejos de los cielos que alguna vez habían recorrido.
Pero en el centro de rescate comenzó otra etapa. Los dos ejemplares formaron una pareja estable y, pese a sus limitaciones físicas, pudieron reproducirse. El resultado fue una pequeña cadena de oportunidades para la especie: Yuspe es el tercer hijo de esta pareja. Antes nacieron Yastay y Camín, que posteriormente fueron liberados en la Patagonia como parte del Programa de Conservación del Cóndor Andino.
El nacimiento de Yuspe ocurrió el 2 de septiembre de 2025. Sus primeros meses transcurrieron dentro de un esquema especialmente diseñado para evitar que asociara a los seres humanos con la alimentación. El objetivo era preservar las conductas naturales que necesitará cuando deje atrás el cuidado institucional.
En ese proceso, sus propios padres tuvieron un papel central. La pareja incubó el huevo durante 60 días, alternándose en esa tarea, y luego crió al pichón de manera natural. Para el equipo del centro, esa crianza resultó fundamental porque permitió que Yuspe creciera recibiendo estímulos propios de su especie, aun dentro de un ambiente controlado.
Después llegó una etapa igualmente exigente. Los cuidadores debieron alimentar al joven cóndor sin convertirse en una referencia para él. Para hacerlo utilizaron títeres de látex que reproducen la cabeza y el cuello de un ejemplar adulto. Además, el recinto permaneció cubierto con pantallas que impedían el contacto visual con las personas.
Yuspe fue expuesto, en cambio, a sonidos naturales y al llamado de otros cóndores. Cada decisión estuvo orientada a evitar una asociación que podría resultar peligrosa una vez liberado: que el ave identificara a los seres humanos como fuente de alimento o se acercara a ellos en busca de comida.
Ese trabajo se extendió durante más de un año. No se trató, por lo tanto, de preparar un traslado, sino de acompañar un proceso de aprendizaje destinado a que el cóndor pueda afrontar las exigencias de la naturaleza.
Con esa etapa cumplida, Yuspe comenzó el camino que antecede a su futura liberación. El primer paso fue su traslado aéreo hacia la Ciudad de Buenos Aires, para ser incorporado a un grupo de cóndores juveniles de edades similares. La instancia tiene un motivo preciso: el cóndor andino es una especie de marcado comportamiento social y necesita interactuar con otros individuos para desarrollar conductas y vínculos propios de su vida comunitaria.
La siguiente etapa tiene como escenario Sierra Pailemán, en Río Negro. Allí continuará su adaptación junto a otros ejemplares jóvenes y realizará el entrenamiento final de vuelo. Será entonces cuando se evalúen las condiciones necesarias para avanzar hacia la apertura definitiva a la vida silvestre.
El recorrido de Yuspe no termina, por ahora, con su partida de Córdoba. Su historia continuará ligada a cada una de esas etapas y a la tarea de los equipos que acompañan su evolución. El paso del tiempo será también parte de la preparación: cada instancia deberá completarse antes de avanzar hacia la siguiente.
Para Traslasierra, además, el viaje tiene una dimensión particular. El padre de Yuspe fue encontrado herido cerca de Ámbul, víctima de disparos que terminaron con su capacidad de vuelo. Ese episodio quedó atrás, pero sus consecuencias siguen presentes en la historia de la familia.
El contraste resulta inevitable. Un cóndor adulto perdió sus alas por la acción humana; su hijo, nacido en cautiverio, se prepara ahora para recuperar la posibilidad que sus padres ya no tienen. La misma especie que sufrió una agresión encuentra, a través de la conservación, una oportunidad de regresar a los ambientes naturales.
Yuspe tampoco es un caso aislado. Sus hermanos Yastay y Camín ya atravesaron el mismo programa y fueron liberados en la Patagonia. El joven cóndor es el tercero de esta pareja que inicia ese recorrido, transformando la reproducción en cautiverio en una herramienta concreta para recuperar ejemplares destinados a poblaciones silvestres.
El Programa de Conservación del Cóndor Andino lleva adelante este tipo de acciones para una especie emblemática de Sudamérica, cuya importancia excede su función ecológica como carroñero. El cóndor forma parte además del patrimonio cultural de numerosos pueblos originarios y de los paisajes serranos y cordilleranos argentinos.
En Córdoba, esa valoración alcanzó recientemente una expresión institucional con su declaración como Monumento Natural Provincial, la máxima categoría de protección prevista por la legislación ambiental.
Por eso, detrás del nombre Yuspe hay más que un ave joven a punto de emprender un largo recorrido. Está la historia de una pareja que sobrevivió a las heridas de las balas, la crianza natural de tres hijos y el trabajo paciente de quienes buscan que esos nacimientos puedan convertirse en nuevos habitantes de los cielos.
El desafío ahora es que Yuspe complete cada etapa y llegue preparado al momento de volar sin ayuda. Cuando ese día llegue, su regreso a la naturaleza también llevará consigo una historia nacida entre las sierras de Córdoba y marcada, desde su origen, por la esperanza de volver a ver un cóndor libre sobre ellas.

