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Mateo Cuello: una muerte que interpela a toda la sociedad

El crimen del joven de 18 años en Villa Dolores no solamente exige justicia, sino también una reflexión profunda sobre la violencia, sus causas y las responsabilidades que como comunidad no pueden seguir postergándose.

La muerte de Mateo Cuello no admite atajos ni simplificaciones. Lo ocurrido en Villa Dolores expone, con una crudeza difícil de asimilar, cómo un episodio de violencia puede desencadenarse en cuestión de segundos y terminar en un desenlace irreversible.

La mecánica del hecho, que busca reconstruir la investigación judicial y expone el testimonio de su padre, es tan breve como brutal. Mateo circulaba en motocicleta junto a un amigo cuando fueron advertidos por quienes luego serían señalados como agresores. A partir de allí se inició una persecución de aproximadamente un kilómetro y medio. El ataque se concretó mediante el lanzamiento de un objeto contundente —presuntamente una piedra o bulón impulsado con una honda— que impactó directamente en la sien del joven. El golpe fue determinante: perdió el control, avanzó unos metros más y finalmente se desvaneció.

Los acusados son Emanuel Quintania, de 21 años, y Alejandro Gil Alaniz, de 17. Ambos quedaron a disposición de la Justicia en el marco de una causa que, por su gravedad, fue caratulada como homicidio simple con dolo eventual, una figura que implica que los agresores, aun sin intención directa de matar, habrían asumido el riesgo de provocar un resultado fatal.

En este punto, la voz de la familia aporta una dimensión que excede lo estrictamente judicial. Edgar Cuello, padre de la víctima, fue contundente: “Fue una emboscada”. Su reconstrucción no solo confirma la persecución, sino que también introduce un posible trasfondo: un conflicto previo indirecto, originado —según su testimonio— por situaciones entre terceros que nunca involucraron directamente a su hijo. “Mateo no tenía relación con los agresores. No tenían bronca directamente”, explicó, dejando al descubierto un escenario donde la violencia escala incluso sin vínculos claros ni razones proporcionales.

Ese dato no es menor. Por el contrario, resulta alarmante. Porque revela una lógica en la que el conflicto se desplaza, se hereda o se proyecta, hasta alcanzar niveles extremos sin una causa concreta que lo justifique.

La respuesta judicial, en este contexto, es indispensable. La imputación, las detenciones y los peritajes en curso —incluido el secuestro de la honda que habría sido utilizada— forman parte de un proceso que debe avanzar con firmeza. Pero sería un error reducir todo a ese plano. Porque la pregunta de fondo sigue siendo otra: ¿qué está pasando para que un grupo de jóvenes persiga a otro y decida atacar con un elemento capaz de matar?

No se trata de un hecho aislado ni de una anomalía imposible de prever. Existen señales previas: conflictos que escalan sin mediación, códigos de violencia naturalizados, ausencia de límites claros y una preocupante banalización del daño. Todo esto ocurre en entornos donde, muchas veces, las herramientas de contención llegan tarde o directamente no llegan.

El Estado tiene una responsabilidad ineludible en la prevención. Las políticas públicas destinadas a jóvenes en situación de vulnerabilidad, la intervención temprana en conflictos y la presencia territorial no pueden ser meras consignas. Deben traducirse en acciones concretas.

Las familias, por su parte, enfrentan un desafío complejo pero central: sostener la transmisión de valores, el acompañamiento y la construcción de límites en contextos cada vez más adversos. Y la comunidad, en su conjunto, debe abandonar la indiferencia. Porque cuando la violencia se vuelve cotidiana, el silencio también se convierte en una forma de complicidad.

En medio de este escenario, la decisión de la familia de donar los órganos de Mateo introduce un contraste que conmueve. Allí donde hubo violencia extrema, apareció un gesto de humanidad profunda. Pero ese acto, tan valioso como doloroso, no puede desviar la mirada de lo esencial.

La muerte de Mateo Cuello no puede ser simplemente una noticia que conmueve por unos días. Debe ser un punto de inflexión. Porque cuando un hecho así ocurre, no fracasa únicamente quien ejecuta la violencia. Falla todo un entramado social. Y si esa falla no se reconoce y se corrige, el riesgo es contundente: que la historia vuelva a repetirse, con otros nombres, con otras víctimas… Pero con la misma deuda pendiente.

• El Ciudadano