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Cuando el ruido se apaga y queda el silencio omnipresente       

Las fiestas prometen mesas largas, brindis y reencuentros. Pero también dejan al descubierto ausencias, soledades y dolores que no siempre se dicen. En un país donde una persona se quita la vida cada dos horas, mirar para otro lado ya no es una opción.

Hay cifras que no admiten eufemismos. Cuatro mil doscientas cuarenta y nueve muertes autoinfligidas en un año no son un dato estadístico: son nombres, historias interrumpidas, familias que quedan suspendidas en una pregunta sin respuesta. La Argentina acaba de superar su propio récord y también la media mundial. El suicidio se convirtió en la principal causa de muerte violenta, por encima de los siniestros viales y los homicidios. El dato es frío; el impacto, devastador.

Diciembre suele venderse como un paréntesis luminoso. Sin embargo, para muchos es un espejo cruel: lo que no se logró, lo que se perdió, lo que no alcanza. La presión económica, la precariedad, la imposibilidad de proyectar un futuro estable y la exigencia permanente de “estar bien” conforman un cóctel silencioso que golpea con fuerza, sobre todo, a jóvenes y adultos jóvenes. Mientras tanto, el sistema de salud mental llega tarde o no llega, y el estigma sigue empujando a miles a callar lo que duele.

La Organización Mundial de la Salud es clara: el suicidio es prevenible. Pero la prevención exige decisión política, inversión sostenida y, sobre todo, una transformación cultural. Escuchar sin juzgar. Preguntar sin miedo. Entender que pedir ayuda no es debilidad, sino un acto de valentía. Que una señal a tiempo —un cambio de ánimo, un aislamiento repentino, una frase que alarma— puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Estos pensamientos no buscan señalar culpables individuales. Buscan incomodar conciencias. Recordar que detrás de cada número hay alguien que no encontró salida, y una sociedad que no supo —o no pudo— tender la mano a tiempo.

En estas fiestas, cuando el calendario invita a brindar, hagamos también un pacto silencioso: estar más atentos, más presentes, más humanos. Y si el dolor toca de cerca, saber que hay ayuda. En Argentina, el Centro de Atención al Suicida atiende de manera gratuita y confidencial las 24 horas en el 135 o en el (011) 5275-1135 desde todo el país.

Que el fin de año no sea solamente un cierre. Que sea, también, un punto de partida para cuidar la vida, todas las vidas, incluso —y sobre todo— las que hoy no saben cómo seguir.