Argentina registró en 2025 la tasa de suicidios más alta desde que existen registros comparables. El dato debería obligarnos a dejar de tratar estas muertes como hechos aislados. También en Traslasierra necesitamos discutir qué redes tenemos, qué respuestas ofrecemos y qué hacemos cuando alguien atraviesa un sufrimiento que ya no puede sostener en soledad.
Hay momentos en los que una sociedad debe detenerse y preguntarse si está haciendo lo suficiente. La problemática del suicidio es, sin dudas, uno de ellos.
Argentina registró en 2025 una tasa de 11,8 suicidios cada 100 mil habitantes. Es el valor más alto de la serie iniciada en 2016. Y hay un dato que debería resultar todavía más incómodo: las muertes por suicidio superaron ese año a las provocadas por accidentes viales y homicidios juntos.
No estamos frente a una cuestión menor. No estamos frente a una sucesión de episodios individuales que puedan explicarse con una sola causa. Estamos frente a un problema social y sanitario que exige respuestas concretas.
Y Traslasierra no puede considerarse ajena a esa discusión.
No contamos, en este caso, con elementos suficientes para afirmar cuál es la magnitud específica del problema en nuestra región. Pero precisamente por eso resulta necesario preguntarnos cuánto sabemos, qué información tenemos, qué recursos existen y, fundamentalmente, si las personas que atraviesan una situación de sufrimiento encuentran con facilidad un lugar donde pedir ayuda.
Porque una política de prevención no puede aparecer después de una tragedia. Tiene que existir antes.
Los números nacionales muestran, además, que el sistema de salud mental está sometido a una presión creciente: las consultas ambulatorias aumentaron 23% y las internaciones 42% desde 2023. Al mismo tiempo, los especialistas no se distribuyen de manera uniforme en el territorio argentino.
Ese problema adquiere una dimensión particular en las regiones alejadas de los grandes centros urbanos. En Traslasierra, hablar de salud mental también significa hablar de distancias, transporte, disponibilidad de profesionales, guardias, hospitales, centros de salud y continuidad de los tratamientos.
Pero sería un error reducir todo a la falta de psiquiatras o psicólogos.
Una comunidad también previene cuando aprende a reconocer el sufrimiento. Cuando una familia no interpreta como una exageración un cambio brusco de conducta. Cuando una escuela sabe cómo intervenir. Cuando un club, una institución religiosa, un municipio o una organización social entienden que escuchar puede ser una forma concreta de cuidar.
Y hay otra cuestión que nos involucra directamente como medios de comunicación.
Informar sobre suicidios exige responsabilidad. No necesitamos detalles morbosos, explicaciones simplistas ni titulares que conviertan una muerte en espectáculo. Necesitamos contexto, información útil, respeto por las familias y orientación para quienes puedan estar atravesando una situación similar.
Callar no previene. Pero informar mal tampoco.
El desafío es construir una conversación pública diferente. Una conversación en la que hablar de salud mental no provoque vergüenza, en la que pedir ayuda no sea interpretado como debilidad y en la que las instituciones tengan protocolos y recursos para intervenir cuando aparecen señales de alarma.
No podemos esperar a que una nueva muerte vuelva a poner el tema sobre la mesa.
Traslasierra tiene algo que muchas veces se pierde en las grandes ciudades: comunidades donde todavía es posible conocerse, reconocerse y estar cerca. Esa cercanía no garantiza nada, pero constituye una herramienta poderosa si somos capaces de transformarla en redes de cuidado.
La prevención del suicidio no es tarea de una persona, de una familia ni de un profesional.
Es una responsabilidad colectiva.
Y como sociedad, ya no tenemos excusas para mirar hacia otro lado.
• El Ciudadano

