Entre detenciones y cocaína en las calles, la ciudad enfrenta una realidad que durante años creyó lejana.
Durante años, Villa Dolores construyó —y defendió— una identidad asociada a la tranquilidad, a la cercanía entre vecinos y a una escala urbana donde los problemas de las grandes ciudades parecían no tener lugar. Sin embargo, los hechos recientes vuelven a poner en evidencia una realidad que lentamente se vuelve más visible: el avance del narcomenudeo y la presencia cada vez más frecuente de estupefacientes en la ciudad.
Un reciente caso ocurrido en barrio Los Olivos, donde un hombre de 31 años fue aprehendido tras resistirse a un control policial y en cuyo poder se secuestró marihuana, envoltorios con sustancia compatible con cocaína y dinero en efectivo, no es un hecho aislado. Por el contrario, aparece como un nuevo indicador de un fenómeno que comienza a consolidarse y que ya no puede ser considerado excepcional.
Hace apenas unos días, otro procedimiento encendió las alarmas. En barrio Parque, la Fuerza Policial Antinarcotráfico detuvo a un joven que intentó darse a la fuga y que llevaba consigo 202 dosis de cocaína, listas presumiblemente para su comercialización. La detención ocurrió en la vía pública, a plena luz del día, y confirmó una tendencia que comienza a repetirse con mayor frecuencia: la cocaína, una sustancia que durante años parecía lejana en la ciudad, ahora aparece vinculada a distintos operativos policiales.
Durante mucho tiempo, el consumo y la circulación de estupefacientes en Villa Dolores se asociaban principalmente a la marihuana, generalmente en pequeñas cantidades. Sin embargo, la aparición cada vez más reiterada de cocaína marca un cambio significativo en la dinámica del narcomenudeo local. No se trata solamente de consumo ocasional, sino de indicios de comercialización a pequeña escala que se distribuye en distintos barrios.
Este fenómeno no es exclusivo de Villa Dolores. En distintas localidades del interior del país, el narcomenudeo ha encontrado terreno fértil, muchas veces impulsado por la expansión de redes que operan en ciudades más grandes y que avanzan hacia poblaciones más pequeñas, donde la estructura social y la menor visibilidad pueden facilitar la instalación de estos circuitos.
Lo llamativo, sin embargo, no es únicamente la presencia del fenómeno, sino la percepción social que lo rodea. En Villa Dolores, gran parte de la comunidad sabe que estas situaciones ocurren. Los comentarios circulan, los nombres se repiten en conversaciones informales y ciertos movimientos llaman la atención de los vecinos. Pero, al mismo tiempo, persiste una sensación colectiva de que “esto no pasa aquí”.
Es una paradoja que atraviesa a muchas ciudades del interior: la información circula, la evidencia aparece, los procedimientos se multiplican, pero la idea de que la ciudad continúa siendo ajena a los problemas más complejos del país se mantiene. Como si aceptar la existencia del problema implicara también aceptar que la ciudad ha cambiado.
Durante años, Villa Dolores fue percibida como una especie de aldea donde los conflictos de mayor gravedad quedaban lejos. Una ciudad donde el crecimiento era pausado, donde la seguridad se vinculaba con el conocimiento entre vecinos y donde los delitos asociados al narcotráfico parecían parte de una realidad ajena.
Pero esa imagen, lentamente, comienza a resquebrajarse.
La detención en barrio Los Olivos, sumada al procedimiento reciente en barrio Parque y a otros casos que se han registrado en los últimos meses, muestran que Villa Dolores no está aislada del contexto nacional. La ciudad, como tantas otras del interior, se encuentra atravesada por los mismos desafíos que enfrentan localidades más grandes: el avance del narcomenudeo, la presencia de nuevas sustancias y la expansión de redes de comercialización a pequeña escala.
Aceptar esta realidad no implica resignación, sino todo lo contrario. Reconocer el problema es el primer paso para abordarlo. Invisibilizarlo, en cambio, sólo contribuye a que se consolide.
Villa Dolores ya no es aquella ciudad donde estos fenómenos parecían imposibles. Hoy, como ocurre en distintos puntos del país, la comunidad enfrenta una realidad que exige atención, prevención y un compromiso colectivo.
Porque los hechos están a la vista. Y cuando la evidencia se vuelve frecuente, la negación deja de ser una opción.
• El Ciudadano

