Las fiestas llegan con mesas abundantes, heladeras llenas y bolsas que terminan en la basura. En un país golpeado por la crisis, tirar comida no es un gesto menor: es una contradicción que interpela valores, hábitos y responsabilidades colectivas.
Diciembre tiene un ritual conocido. Se compra de más, se cocina de más, se sirve de más. Como si la abundancia fuera una forma de espantar las carencias del año. Sin embargo, detrás de ese gesto casi automático se esconde un dato incómodo: en la Argentina, cada persona desperdicia en promedio 72 kilos de comida por año. En cada hogar, la cifra trepa a 198 kilos. No es un descuido aislado; es una práctica extendida que se repite, con especial crudeza, en tiempos festivos.
Mientras muchas mesas se desbordan, otras siguen esperando. El contraste duele más cuando se entiende que un alimento que se tira no es sólo comida perdida. Es agua, suelo, energía, trabajo humano, transporte y envases que terminaron en la nada. Es una cadena completa de recursos desperdiciados en un país donde millones ajustan cada compra y donde la inseguridad alimentaria sigue siendo una realidad cotidiana.
Por ejemplo el Banco de Alimentos de Buenos Aires lo explica con claridad: recuperar alimentos genera un triple impacto positivo —económico, ambiental y social—. Y lo demuestra con hechos. Solo este año logró rescatar más de 6.100 toneladas de comida apta para el consumo, con la proyección de alcanzar las 7.000 antes de fin de año, destinadas a más de 1.200 organizaciones sociales. Lo que para algunos sobra, para otros significa una comida asegurada.
El problema, sin embargo, no se limita a la buena voluntad de unas pocas organizaciones. A nivel nacional se pierden cerca de 16 millones de toneladas de alimentos por año. Frutas y verduras, símbolo de una alimentación saludable, lideran el ranking del descarte. Muchas veces no por estar en mal estado, sino por mala planificación, almacenamiento deficiente o por una cultura que confunde celebrar con tirar.
Las fiestas invitan a algo más que brindar. Invitan a revisar hábitos. A comprar con criterio, a cocinar con medida, a aprovechar lo que queda, a donar cuando se puede. No se trata de resignar alegría, sino de darle sentido.
Quizás el verdadero espíritu de estas fechas no esté en la mesa que sobra, sino en la conciencia que falta. Y en la decisión —simple, cotidiana— de que lo que aún sirve no termine en la basura, sino donde más se necesita.

