Por Fabiana Farías, presidente de la Junta de Historia de Villa Dolores.
Cada 25 de febrero recordamos el nacimiento de José de San Martín. Pero, más que un homenaje, esta fecha nos invita a pensar qué entendemos por libertad en cada momento de nuestra historia. Porque la palabra no cambió solo de significado: cambió de contexto, de actores y de proyecto.
En tiempos de San Martín, la libertad era emancipación. Era romper con el orden colonial y construir soberanía. No se trataba de un debate económico en términos modernos, sino de una decisión política radical: dejar de ser periferia de un imperio para intentar ser Nación.
Pero la Argentina independiente pronto entró en otra discusión: cómo organizar esa libertad. Allí aparece el liberalismo como corriente política e intelectual. Figuras como Bernardino Rivadavia y, más tarde, Juan Bautista Alberdi pensaron un país abierto al comercio, con instituciones republicanas, división de poderes y un fuerte impulso a la inmigración. La Constitución de 1853, inspirada en gran parte por Alberdi, consagró libertades civiles fundamentales.
Sin embargo, ese liberalismo del siglo XIX no estuvo exento de tensiones. Fue un proyecto modernizador, pero también centralista y, muchas veces, excluyente. Amplió derechos civiles, pero convivió con fuertes desigualdades sociales y políticas. La libertad, nuevamente, no era homogénea: beneficiaba más a algunos sectores que a otros.
Durante el siglo XX, el debate volvió a reformularse. La libertad comenzó a asociarse no solo con derechos civiles, sino también con derechos sociales. Desde entonces, la historia argentina puede leerse como una tensión constante entre distintas formas de entender la libertad: más ligada al mercado o más vinculada a la intervención estatal.
Hoy, en la Argentina actual, esa discusión reaparece con fuerza. El liberalismo vuelve a ocupar el centro del escenario político, pero en un contexto completamente distinto al del siglo XIX. Ya no debatimos cómo organizarnos tras la independencia, sino cómo salir de crisis económicas recurrentes, cómo estabilizar instituciones y cómo recuperar expectativas de futuro.
Desde el interior, desde Villa Dolores, estas discusiones no son abstractas. Se traducen en empleo, en acceso a servicios y en oportunidades para nuestros jóvenes. La libertad no se discute en términos teóricos: se vive en la posibilidad concreta de proyectar vida.
Con una mirada histórica, me preocupa cuando los conceptos se simplifican. El liberalismo en la Argentina nunca fue una sola cosa, ni la libertad tuvo un único significado. A veces fue apertura y progreso institucional; otras veces, concentración y exclusión. También el Estado fue, según el momento, herramienta de ampliación de derechos o espacio de ineficiencia y conflicto.
Tal vez el desafío actual sea recuperar algo que San Martín entendió con claridad: la libertad no es solo una consigna potente; es una construcción política que requiere responsabilidad, acuerdos y visión de largo plazo.
La historia argentina nos muestra que la discusión sobre la libertad no es nueva y que no es lo mismo el liberalismo político que el liberalismo económico.
Lo nuevo es el contexto. Y, como siempre, el resultado dependerá de nuestra capacidad de transformar las palabras en un proyecto común.
Porque la libertad, en definitiva, no es patrimonio de un sector ni de una época. Es una pregunta abierta que cada generación debe responder.
Un 25 de febrero, un día para reflexionar. No me queda más por decir que: “la libertad no es un eslogan ni una propiedad partidaria. Es una responsabilidad histórica”.
A más de dos siglos del nacimiento del Libertador, la pregunta sigue abierta. Y, como toda pregunta genuina, no admite respuestas simples.
Quizá el verdadero homenaje no sea repetir la palabra, sino sostener su complejidad.
Es un simple homenaje al Gran Libertador, a 248 años de su natalicio.

