En temporada alta, los balnearios serranos se transforman en el corazón del turismo y en una fuente clave de ingresos para la región. El acceso pago ordena, sostiene servicios y mueve la economía local, pero también abre una discusión inevitable: cuánto cuesta disfrutar espacios naturales que, fuera del verano, suelen ser de uso libre para los habitantes de la zona.
En pleno enero, cuando el calor aprieta desde temprano y el sonido del río se vuelve refugio, los balnearios de Traslasierra concentran gran parte de la vida turística. Autos avanzando lentamente por caminos de tierra, reposeras al hombro, niños corriendo hacia el agua y puestos de control que marcan el acceso forman parte de una escena que se repite cada verano. Donde durante buena parte del año no hay barreras ni tickets, la temporada alta instala barreras, tarifas y un sistema que regula el ingreso y sostiene uno de los principales motores económicos de la región.
Los precios son diversos y responden a realidades muy distintas. En algunos balnearios, ingresar a pie tiene un costo relativamente bajo: La Aguadita, por ejemplo, cobra $3.000 por persona, con tarifas reducidas para menores y servicios opcionales como pileta o parrilla. La Cueva del Indio y Los Algarrobos se ubican en un rango similar, con ingresos desde $4.000 por persona, una opción elegida por quienes llegan caminando o buscan pasar el día sin grandes gastos. Sin embargo, en estos mismos espacios, estacionar el auto puede elevar el presupuesto: en Los Algarrobos, el acceso vehicular ronda los $15.000, mientras que el solo estacionamiento cuesta $8.000.
En otros puntos, el vehículo define casi por completo el valor de la jornada. Las Maravillas y Las Maravillas Oeste fijan tarifas de alrededor de $20.000 por auto, mientras que el ingreso peatonal se mantiene cerca de los $6.000. Algo similar ocurre en El Álamo, donde estacionar implica un desembolso en ese mismo rango. En Los Corrales, la modalidad es directa: $15.000 por vehículo, sin distinción por cantidad de ocupantes. Para muchas familias, ese costo se diluye entre varios pasajeros; para parejas o viajeros solos, la ecuación cambia.
El circuito del Toro Muerto ofrece otra postal del verano transerrano. En la Cascada del Toro Muerto, la entrada general ronda los $8.000 por persona, con valores menores para niños. A pocos metros, la Quebrada del Toro Muerto suma opciones para quienes buscan pasar más de un día: el ingreso vehicular se ubica en $15.000 y el acampe agrega $20.000 por carpa. En San Lorenzo, el esquema se repite con matices: $15.000 por vehículo, $8.000 por persona si se llega a pie y hasta $30.000 para quienes eligen armar la carpa.
Detrás de cada cifra hay una lógica que se repite. El cobro del ingreso permite financiar limpieza diaria, baños, mantenimiento de senderos, control del acceso y seguridad en jornadas donde miles de personas comparten el mismo cauce. Sin ese esquema, reconocen quienes administran los predios, el impacto ambiental y el desorden serían difíciles de contener. El río no cambia, pero sí cambia todo lo que lo rodea.
El debate, sin embargo, aparece cada temporada. Para el turista, el pago se asume como parte del paquete vacacional. Para el comerciante y el prestador local, representa trabajo, consumo y circulación de dinero. Para muchos vecinos, en cambio, la sensación es ambigua: el mismo río que en invierno es libre y cotidiano pasa a tener precio cuando llegan los meses fuertes del verano.
Cuando el calor cede y la temporada se apaga, muchas barreras vuelven a abrirse sin costo. El agua sigue corriendo igual, entre piedras y sombras. Pero durante enero, acceder a ella tiene un valor que, con tensiones y beneficios, forma parte del engranaje que mantiene vivo el pulso turístico de Traslasierra.

