En las últimas horas se observa un panorama preocupante en el dique Boca del Río, uno de los embalses del Valle de Traslasierra y el de menor tamaño del sistema hídrico regional. El espejo de agua presenta un aspecto enrarecido, con una coloración verdosa y elevada turbidez, atribuida a la proliferación de algas.
A diferencia de otros episodios similares, el fenómeno no se produce en un contexto de escasez hídrica. Por el contrario, los niveles de agua en los embalses del valle son elevados. El dique La Viña, ubicado aguas arriba sobre el río de los Sauces, registra actualmente un nivel de 95,67 metros, encontrándose a 4,83 metros del labio de vertedero. En tanto, el dique Boca del Río también presenta un buen caudal de agua.
Este escenario resulta llamativo, ya que la aparición de algas suele asociarse no solo a factores climáticos, sino también a la actividad humana vinculada al turismo aguas arriba de los embalses, especialmente durante la temporada estival. La mayor presencia de personas en ríos y balnearios, sumada a aportes de nutrientes, puede favorecer estos procesos biológicos.
Desde el punto de vista técnico, el fenómeno podría estar vinculado con la eutrofización, entendida como la acumulación excesiva de nutrientes —principalmente fósforo y nitrógeno— en ecosistemas acuáticos. Este proceso, provocado mayoritariamente por actividades humanas, estimula el crecimiento de algas y cianobacterias, alterando la calidad del agua y el equilibrio ambiental.
Si bien se trata de una situación recurrente durante los veranos en Traslasierra, su reiteración vuelve a poner en agenda la necesidad de monitoreo permanente, controles ambientales y políticas de prevención para proteger estos reservorios estratégicos de agua de la región.
La mirada experta: qué explica el fenómeno según el biólogo Gerardo Coria
Para comprender qué está ocurriendo en los embalses del valle, la opinión técnica aporta contexto y matices. El biólogo Gerardo Coria señaló que el aspecto turbio y la coloración verdosa observada en Boca del Río podrían estar vinculados a la remoción de sedimentos provocada por la liberación de agua desde el dique La Viña en los últimos días.
Según explicó, el uso de turbinas y la apertura de compuertas habrían generado un movimiento del material acumulado en el fondo del embalse. “Ese detrito, esa materia orgánica que se remueve, puede favorecer la aparición de algas”, indicó. A ello se suman factores estacionales como las altas temperaturas y el aumento del caudal, condiciones que suelen potenciar estos procesos biológicos.
Coria también advirtió que no se trata necesariamente de un fenómeno aislado, sino de un proceso que se viene desarrollando desde hace tiempo. En ese sentido, señaló que tanto el dique La Viña como, en menor medida, Boca del Río estarían atravesando etapas de eutrofización, es decir, un enriquecimiento progresivo de nutrientes en el agua.
No obstante, aclaró que no se ha llegado a un estado crítico, como la hipertrofización observada en otros cuerpos de agua del país. “Todavía no estamos en una situación extrema”, explicó, aunque remarcó que si no se cuidan las cuencas —especialmente frente al avance de la urbanización aguas arriba— estos escenarios podrían agravarse con el paso de los años.
En cuanto al impacto en el consumo humano, el especialista fue cauto pero tranquilizador. Señaló que no siempre la presencia de algas implica cianobacterias, y que, hasta el momento, no habría indicios de problemas en el proceso de potabilización, ni registros de olores o sabores anómalos en el agua.
“Es un problema que se va acumulando temporada tras temporada”, resumió Coria. Una definición que vuelve a poner el foco en la necesidad de mirar más allá del episodio puntual y pensar el estado de los diques como el resultado de procesos ambientales sostenidos en el tiempo.

