Una escultura tallada en madera honra al Cura Gaucho en Pozo del Algarrobo, un paraje donde su huella pastoral sigue viva en la memoria y la fe de sus habitantes.
El silencio del monte se quebró con aplausos y oraciones. En el Paraje Pozo del Algarrobo, sobre el camino que conduce a Ciénaga de Allende, quedó habilitada y bendecida una nueva escultura de San José Gabriel del Rosario Brochero. No fue un acto más: fue un reencuentro. Con la historia, con la fe y con un santo que supo caminar esos mismos senderos polvorientos.
La obra, realizada por el escultor Sergio Magma, impacta desde el primer vistazo. Tallada a partir del tronco de un árbol, la figura del Cura Gaucho emerge con una fuerza serena. El rostro, profundamente expresivo; el cuerpo, trabajado con detalle y respeto. No es simplemente una escultura para admirar: es un espacio para detenerse, contemplar y rezar. El arte, en este caso, se vuelve oración.
La bendición estuvo a cargo del obispo de la Diócesis de Cruz del Eje, monseñor Ricardo Araya, quien presidió una ceremonia sencilla pero cargada de sentido. Acompañaron el artista, representantes eclesiásticos y vecinos del paraje rural, muchos de ellos herederos directos de la obra pastoral que Brochero desplegó en esa región.
No es casual el emplazamiento. José Gabriel Brochero tuvo un paso vital por Pozo del Algarrobo y zonas cercanas. Allí visitó familias, celebró la fe en la intemperie, escuchó dolores y sembró esperanza. Su presencia marcó generaciones, y su nombre sigue pronunciándose con familiaridad, como quien habla de alguien cercano.
La escultura parece confirmar esa cercanía. De pie, firme, integrada al paisaje, da la sensación de que Brochero nunca se fue. Que sigue acompañando a los pobladores, ahora desde la madera, el monte y el silencio.
En ese rincón rural de Traslasierra, el Cura Gaucho vuelve a obrar. No con palabras ni cabalgatas, sino con una imagen que une arte, fe y memoria colectiva.

