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La historia de los amigos que conquistaron el Aconcagua

Gonzalo Suau, Fernando Mateos y Pablo Núñez pudieron cumplir el sueño de subir el Aconcagua, superando los duros obstáculos que la geografía y el clima les pusieron por delante. Para los tres amigos la cima estaba arriba, pero la verdadera cumbre estaba abajo.

El Aconcagua está ubicado en el Departamento Las Heras de la provincia de Mendoza, en el oeste de la República Argentina. Integra la Cordillera Principal, la cual es un componente de los Andes. Con una altitud de 6960,8 metros sobre el nivel del mar, es el pico más eminente de los hemisferios meridional y occidental, el más alto de la Tierra después del sistema de los Himalayas de Asia y, por tanto, la cima más elevada en América.

Allí hicieron cumbre tres jóvenes de Villa Dolores: Gonzalo Suau, Fernando Mateos y Pablo Núñez. Una verdadera hazaña protagonizaron estos queridos vecinos, logrando conquistar una montaña que implica un gran esfuerzo físico y mental. Un anhelo que pudieron cumplir superando los duros obstáculos que la geografía y el clima les pusieron por delante.

Antecedentes

Los tres jóvenes vivieron una experiencia sumamente interesante, que ha generado un gran revuelo entre amigos, sus familias y la comunidad dolorense. Tenían la intención desde hace tiempo. Tanto es así que en 2018, Gonzalo y Pablo hicieron un intento de llegar a la cumbre, pero a causa de una tormenta tuvieron que volver. Pasó el tiempo y ahora, en este 2024, pudieron concretar este objetivo, junto a Fernando.

El amor por la montaña viene desde hace tiempo. Incluso el año pasado, Fernando y Gonzalo, junto a su hermano Franco Suau, subieron a El Mercedario, que con sus 6.720 metros de altura es la octava cumbre más alta de América y la segunda montaña más elevada de Cuyo en Argentina, después del Aconcagua.

“Esa experiencia de El Mercedario fue hermosa, pero resultó ser un ascenso muy solitario. En el Aconcagua nos encontramos con algo distinto: la existencia de muchas más personas y una estructura más preparada para los montañistas”, comenta Fernando.

La travesía

Los montañistas iniciaron la travesía por Horcón, siguieron hasta Confluencia, a 3.600 metros, que es un campamento de aproximación, donde iniciaron la aclimatación. Luego hicieron una visita a Plaza Francia, a 4.000 metros, lo cual les posibilitó observar el Aconcagua desde la pared sur.

La expedición continuó con un duro ascenso hacia Plaza de Mula, a 4.400 metros, la base desde donde se organiza el ascenso hacia el resto de los campamentos: Plaza Canadá, a 4.900 metros; Nidos de Cóndores, a 5.400 metros; y Cólera, a casi 6.000 metros, el lugar desde donde “atacaron” la cumbre del Aconcagua.

“Al hacer cumbre, la sensación es inexplicable. La emoción fue enorme para los tres. Pudimos estar dos horas en la cima gracias al tiempo espectacular que nos tocó. Tuvimos nuestras conversaciones, hicimos nuestras ofrendas y con Fernando hicimos kata, ya que somos practicantes de karate. Fue absolutamente hermoso”, cuenta Gonzalo sobre el mágico momento.

Preparación y logística

Los expedicionarios encararon el desafío sin la asistencia de porteadores para movilizar la mercadería y elementos necesarios para el ascenso. Fueron autónomos, a diferencia de otras experiencias habituales del ascenso a la cima más alta de América.

“En cuanto a la logística, tuvimos un gran apoyo de Rodrigo Tello, un amigo de Villa Dolores que lleva varios años trabajando en el Aconcagua y que ha hecho cumbre en varias oportunidades. Fue muy generoso en sus consejos. Él trabaja como porteador en la montaña y nos brindó toda su calidez de persona y experiencia”, valora Gonzalo.

En cuanto a la preparación física, Fernando explica: “Mientras más entrenado uno pueda estar, mucho mejor. Pero eso no te garantiza absolutamente nada. Para la alta montaña la clave es la aclimatación del cuerpo, que se prepare y amolde a la altura, en definitiva a la menor cantidad de oxígeno que existe a medida que se asciende”.

“Nos entrenamos haciendo ciclismo, corriendo a pie y subiendo al Champaquí con peso, en mochilas con 30 kilos. Así fuimos preparándonos. Más allá del entrenamiento, es clave el proceso de aclimatación, que nos llevó 12 días, hasta poder ya subir a la cumbre. A medida que se va ascendiendo y bajando de manera progresiva, el cuerpo se va acomodando a la montaña”, detalla Fernando.

La cumbre

Los tres amigos emprendieron la expedición con una frase de cabecera: “La cima está arriba, pero la cumbre está abajo”. Y se basa en que debían regresar junto a sus respectivas familias. Estaba clara la idea de que la principal meta era “casa”, a donde volvieron felices, enriquecidos, sanos y salvos tras vivir una experiencia maravillosa.